Maduro y la paranoia del dictador

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Caracas asfixia. Vivir en esa ciudad hoy en día es hacerlo en medio de una suerte de permanente inquietud capaz de traspasar tanto los muros del lujosísimo hotel Cayena como las endebles chapas de los ranchitos en Petaré.

La inseguridad fácilmente se convierte en paranoia para el común de los mortales. Caminar por sus calles de día es jugar a la ruleta rusa. Para que no te confíes, la mayoría de los restaurantes y bares tienen un enorme aviso en sus puertas en el que reza la prohibición de entrar con armas o munición y en muchos de ellos incluso hay un “puerta” con un detector para asegurarse de que cumples con el aviso, nadie se confía y nadie confía.

Salir por la noche puede ser una aventura mortal. Caminar 20 metros más allá del hotel es misión de legionarios. Tan pronto empiezas a ver grupos de gente ociosa alrededor de sus motos y en el medio de una plaza escudriñándote, buscando el desafío, empiezas a preocuparte. Otros veinte metros más allá, tu moral sufre el golpe de ver a gente comiendo de la basura volcada y a niños que meten en una bolsa de plástico lo mejor que encuentran entre los deshechos de los restaurantes. Diez metros mas allá el peso de Caracas te aplasta y llegas a la conclusión de que no te compensa salir a tomar el irrespirable aire de esa ciudad. Marcado por el desánimo, te vuelves al hotel.

Caracas es el termómetro de un país: Venezuela. Con algo más de dos millones de habitantes, Caracas no solo es la capital y la mayor ciudad de Venezuela sino el exponente más claro de la miseria y la desesperanza de un pueblo que sobrevive cabizbajo bajo la opresión de una dictadura.

En Caracas, recluido entre la residencia oficial la Casona, y la sede del gobierno el Palacio de Miraflores, vive, dicen que encerrado, el dictador Nicolás Maduro Moros. Un dictador al borde de la paranoia que, por lo que cuentan, ve presagios de atentados y muerte por doquier y al que la oligarquía militar sostiene como un gran chollo por lo que supone enriquecerse mientras las culpas las recibe otro.

Sin embargo los acontecimientos de la semana pasada han puesto en cuestión muchas cosas. Sabido era que Maduro ya solo confiaba en unos pocos cercanos. Las desavenencias con Diosdado Cabello eran ya visibles cuando no demasiado evidentes.

El rumor persistente sobre la paranoia conspiratoria que Maduro sufre, se quedo expuesto cuando por sorpresa destituyó al jefe del SEBIN (Servicio de inteligencia) Gustavo González, cargo de la mayor confianza de Cabello. Se argumentó entonces que era debido al suicidio del político opositor Fernando Albán tirándose al vacío desde las oficinas del SEBIN, aunque la versión oficiosa hablaba del inmenso susto que se llevó Maduro debido a un adelantamiento fortuito en medio de Caracas, por parte de un coche camuflado del servicio de inteligencia y que Maduro tomó como un posible atentado inminente.

Maduro está paranoico. Y en su paranoia arrastra a todo su pueblo. Su escasa formación le tiene preso de su incompetencia como gobernante. No tiene soluciones verdaderas para su país porque carece del talento y visión propias de un líder, de un político sensato. Él lo sabe, Venezuela también y solo le faltaba que alguien se lo dijera a la cara y eso es lo que ha hecho, la semana pasada, Juan Guaidó.

Guaidó es la respuesta esperada por los venezolanos. Hartos de la falta de soluciones por parte de una oposición dispersada por la acción de la “gota malaya” de la dictadura, el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, se juramentó el miércoles pasado como presidente interino de la nación, en un discurso durante una marcha opositora en Caracas para exigir el fin del mandato de Nicolás Maduro.

Al grito de “¡Venezuela, despierta, reacciona!”,Guaidó abrió con su discurso a los venezolanos el pasado miércoles una burbuja de aire fresco en el medio de aquella ciudad sin esperanza. Su grito retumbó en las puertas de La Casona y atemorizó a Maduro de tal forma que no acudió a la manifestación que los chavistas habían organizado en el municipio de Libertador sino que se parapetó en Miraflores y allí, ante unos pocos leales que se acercaron, Maduro dio su discurso.

Ya con la explanada de Miraflores vacía, Diosdado Cabello llamó en la noche a los chavistas a una vigilia en defensa de Maduro. Los alrededores vacíos de Miraflores dieron respuesta suficiente al vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) en su intención de resguardar a Nicolás Maduro. No fue solo una respuesta política, fue también la respuesta de una ciudad asfixiada y asfixiante que sabe que la noche atrae a los pistoleros y más en una situación como la que se vivía ese miércoles.

Maduro se aferra paranoicamente al poder con el reconocimiento del aparato burocrático del Estado y el Ejército, al menos por ahora. Sentado sobre bayonetas, insiste en haber sido reelegido, a pesar de que los comicios de 2018 no son considerados legales por el Parlamento, 19 países del continente, EE UU, o la UE.

Además, Maduro cuenta con el reconocimiento interesado de Rusia, Cuba, China o Turquía, todos con intereses en las fuentes de riqueza de Venezuela. El dictador venezolano está permitiendo que los vampiros extraigan la sangre de su pueblo a costa de permanecer él en el sillón.

Mientras, la oligarquía militar consiente a fuerza de prebendas y de obtener su parte como cómplices directos del saqueo.

Faltaría por saber si otros que vinieran lo harían mejor… pero eso ya es otra historia.

Pues eso

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