Epílogo podemita: Pablo Iglesias quiere ser vicepresidente.

Una de las cosas buenas que nos dejaron las pasadas elecciones es la desaparición de los llamados “alcaldes del cambio” surgidos bajo el ala demagógica y populista de Podemos, así como el hundimiento de los morados en general. 

El descalabro fue total y absoluto y a nivel nacional. Tras las pasadas elecciones no hay territorio que el que haya ganado y en cambio sí hay piezas clave donde los podemitas directamente desaparecieron.

Pablo Iglesias se tomó las pasadas elecciones autonómicas, municipales y europeas como el refuerzo necesario para negociar con Sánchez y exigir un asiento en la sala del Consejo de Ministros; A la luz de lo que se percibe pareciera que Sánchez no le hace mucho caso……. ¿o sí?

Quizás es por esto por lo que parece mas hilarante y ridícula la pretensión de Pablo Iglesias de subsistir a fuerza de presionar a Sánchez a digerir su presencia en un hipotético nuevo gobierno, dicen que de cooperación (Dios sabe que será eso).

La imposición de Iglesias de exigir representación ministerial, y ¡cómo no! una vicepresidencia suya, tras los resultados obtenidos en la consulta a los españoles carece de todo sentido. Pareciera una jugada a la desesperada, pero aun así Sánchez parece querer escuchar.

De momento dicen que ha pedido Hacienda, lo que sería como colocar a un pirómano de guardabosques y por otro lado quiere colocar a su ex Jemad en el CNI, curioso esto de perseverar sobre un tipo que no solo es rechazado por muchos de sus círculos, sino que además es un experto en perder elecciones allá donde se presenta. 

Pero es que la descomposición orgánica de Podemos es un hecho. Líderes territoriales con su poder institucional completamente menguado, cuando no inexistente, como es el caso de Castilla la Mancha y Cantabria, donde no han obtenido representación, plantean una sublevación contra el Zar de Madrid. Es un hundimiento estructural en toda regla. Mientras Kichi, agazapado en Cádiz, permanece a la espera.

Pero lamentablemente, más allá de su desastroso resultado electoral de este 26M el populismo, aun siendo una moda desconectada de la realidad, sigue ahí, en Europa y en España. 

Para los que nos consideramos demócratas de pura cepa, el populismo continúa siendo un peligro a pesar de la debacle de Iglesias y los suyos y se mantendrá mientras haya quien compre eso de que la democracia pluralista no funciona bien y que no se hacen esfuerzos suficientes para regenerarla. Mientras sigan dando la tabarra con eso de que la democracia populista es de mejor calidad, más directa y participativa, vamos lo que dice Maduro.

Lo curioso es que el populismo crea zonas comunes viniendo de donde venga y es que el populismo no es una ideología —derechas o izquierdas— sino una misma estrategia para llegar y tratar de ganar poder.

Los populistas siempre tratarán de convencer que la causa de todos los males es una y sólo una, se llame presidente, rey, la propiedad, la religión, la oligarquía financiera, las élites políticas o la opresión nacional. Siempre debe haber una causa simple, emocionalmente sencilla de entender y fácil de explicar a la gente más simple.

Agarrados a este axioma defenderán la mentira de su necesaria existencia y presencia en gobiernos, como forma de justificar el bienestar y salud de la democracia, así como aferrarse a la bandera de “la gente” para ganar un espacio que no les corresponde pues a ellos, esa gente cada vez les vota menos. 

El populismo se trata de algo tan simple, emocional y poco argumentado que los podemitas, en su día, justificaron su aparición porque nuestro sistema político funcionaba mal. Según argumentaban era lento en solucionar los problemas de amplios sectores sociales y no daba respuestas coherentes y bien comunicadas. 

Con todo ello amasó un lenguaje y un mensaje facilón y movió los hilos de la calle para que continuamente saltaran sectores en manifestación permanente, con el beneplácito de la izquierda en general que entonces no veía en ello peligro alguno para su propia existencia.

De esta forma el éxito inicial de Podemos no se explica si no es por el consentimiento del PSOE y la crisis económica, el paro y el desprestigio de los grandes partidos. Encontró “el nicho de mercado” para vender que existían causas para el cambio y mucha gente lo compró. 

Pero además el populismo siempre requiere el crear unafascinación por un líder carismático al margen de las ideologías y en ello se reconoció desde el primer día Pablo Iglesias. 

Iglesias alimentó la engañosa ilusión de ser un líder y “un igual” que prometía un futuro mejor, que surgía del pueblo con el afán liberador y rompedor de cadenas mediante un marxismo renovado que sería el azote de una “casta injusta maltratadora del obrero” y que é y solo él  podía doblegar. 

Atacó todo lo que le daba la gana o se le antojaba. Tic, Tac le advirtió a Rajoy y para que todo quedara más claro atacó a un Felipe González al que acusó de tener las manos ensangrentadas, todo un espectáculo que muchos tragaron.

Hasta que se compró el casoplon. 

Hoy, con el rabo entre las piernas, Iglesias quiere negociar con Sánchez exigiendo. Pareciera querer basarse en lo que parecía que iba a ser, pero nunca fue. Habla de gobierno de cooperación, pero quiere su sillón en la Moncloa. Exige, pero apenas puede dar nada que no sean dolores de cabeza. Pero ojo, Sánchez puede tragar.

El populismo es un fenómeno de mucho riesgo porque, simplemente en el siglo XX, todos aquellos regímenes concentrados bajo la figura de un solo hombre que dice encarnar al pueblo han terminado, no solo en la ruina económica, sino en la desgracia política, moral y en la guerra de todos contra todos. Las sociedades deberían quedar advertidas e inmunizadas contra este virus. Esperemos que en este contexto Sánchez al menos entienda esto. 

Mientras haya un poso del populismo podemita no debemos estar tranquilos ni relajarnos. El virus sigue inoculado, aunque por fortuna el pueblo español haya mostrado en las pasadas elecciones autonómicas, municipales y europeas una cierta madurez política, democrática y cívica. 

Sin embargo y a pesar de que los españoles hablamos claro en su momento, los políticos no han cesado de negociar con nuestra decisión. Aun hoy siguen especulando con lo que dijimos en las elecciones, lo llaman pactar. Pero si observamos a un lado y a otro, son los populismos los que interfieren los acuerdos. Por eso son malos, no tienen ideología, pero si afán de protagonismo y lo que es peor necesidad de poder a cualquier precio. 

Pues eso

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