La noche de los lápices

Debe ser terrible perder un hijo, es algo que solo pensarlo me angustia. Pero ver como la policía militar Argentina, lo levanta de su cama una noche, lo maltratan y gritan y sin la menor explicación te lo arrebatan y cargan a golpes en un furgón y lo hacen desaparecer sin que puedas hacer nada, debió condenar a aquellos padres a una muerte en vida.

Esto es lo que debieron pensar y sufrir los padres de los 10 estudiantes secuestrados y torturados en tiempos de la de la dictadura militar argentina y de los que 7 fueron desaparecidos, despreciable eufemismo de asesinados, aquel Setiembre de 1976.

La noche del 16 de Setiembre, la vida de Emilce Moler, estudiante de quinto año de la Escuela de Bellas Artes, de 17 años, cambió para siempre. Golpes, brutales, en la puerta de su casa, desatarían una pesadilla que duraría tres años.

Emilce fue de los pocos estudiantes que sobrevivieron a aquella pesadilla y la descripción que hizo de su secuestro, da idea de lo terrible de aquella experiencia: Estaban todos encapuchados, sin identificación y entraron gritando ‘Ejército Argentino’. Encañonaron a mis padres y les dijeron que venían a buscar a una estudiante de Bellas Artes. No dijeron ni siquiera mi nombre, nunca lo dijeron,venían a buscar a una estudiante”

En septiembre de 1976, La Plata era una de las ciudades más castigadas por la represión ilegal de la dictadura. El olor del miedo y de la muerte aplastaban el aroma de los tilos cuyas flores empezaban a explotar, como todos los años, con la llegada de la primavera argentina.

Entre el 9 y el 21 de septiembre, los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas y de la Policía bonaerense comandados por el general Ramón Camps y el comisario Miguel Etchecolatz secuestraron a diez estudiantes de colegios de secundaria de la ciudad, en un hecho que quedó escrito con sangre en la historia argentina como “La noche de los lápices”cuando se perpetraron la mayoría de los secuestros.

Su delito, el terrible delito de aquellos chicos, fue haberse manifestado ante el Ministerio de Obras Públicas por la aprobación de un “boleto” de autobús con descuento estudiantil. 

Pero, sin embargo, un documento hallado en la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires, tituladoNoche de los Lápicesy firmado por el comisario general Alfredo Fernández, hablaba de escarmiento y describía perfectamente las acciones a realizar contra algunos estudiantes, a quienes calificaba como integrantes de un potencial semillero subversivo.

Tras una semana de torturas, el 23 de setiembre, los estudiantes detenidos fueron trasladados en al menos dos camiones celulares. El convoy se detuvo en la Brigada de investigaciones de Banfield, en donde bajaron a un número de personas previa lectura de una lista en la que sus nombres figuraba. Casi todos hoy continúan desaparecidos 

Aquella matanza contó con el aval explícito del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Según las declaraciones de quien fuera embajador de EEUU en Argentina, Robert Hill: “Cuando Kissinger llegó a la Conferencia de Ejércitos Americanos en Santiago de Chile, los generales argentinos estaban muy nerviosos ante la posibilidad de que Estados Unidos les llamaran la atención sobre la situación de los derechos humanos. 

Pero Kissinger se limitó a decirle al canciller de la dictadura, almirante César Guzzeti, que “el régimen debía resolver el problema antes de que el Congreso norteamericano reanudara sus sesiones en 1977”. A buen entendedor pocas palabras bastan. Kissinger les daba luz verde para que continuaran con su “guerra sucia”. Centenares de detenidos fueron asesinados y con ellos los estudiantes de secundaria.

Para finales de 1976 había millares de muertos y desaparecidos más. Los militares ya no darían marcha atrás. Tenían las manos demasiado empapadas en sangre.

El general/presidente Videla quiso convertir aquella masacre en una incógnita declarando que el desaparecido “no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está “desaparecido”. La elección de la palabra no fue aleatoria, es perversa en boca del verdugo, que no tenía ninguna duda sobre el destino de los prisioneros políticos y exhibía en público el terrible método elegido para atormentar aun más a los familiares: crear la incógnita de por vida sobre el destino de su ser querido.

La que había sido la ciudad de Eva Perón fue entonces el reino del general Ibérico Saint James, autor de la inolvidable frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, luego a los indiferentes y por último a los tímidos”

Hoy es 16 de setiembre, han pasado más de cuarenta años. Pocos son los que saben de lo ocurrido en los colegios de secundaria de La Plata. Pero aquella Noche de los Lápices los militares argentinos secuestraron más que a 10 chicos, secuestraron una democracia y organizaron un genocidio de todos aquellos que creían en ella.

Pues eso

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