Tsunami de odio y violencia

El odio secesionista catalán hacia España estriba en que los independentistas se sienten superiores no solo a los españoles, sino incluso a sus mas próximos, Valencia y Baleares, todos ellos herederos de una lengua común. Pero además la envidia corroe los corazones de quienes nos odian debido precisamente a que su violento deseo de independencia provoca que las inversiones de las empresas huyan hacia Madrid mientras su Generalitat apenas sabe hacer otra cosa que no sea hablar de independencia y mirarse al ombligo.

Continuamente nos enfrentamos a historias de odio en Cataluña. Resulta incomprensible la inquina con que ciertos catalanes ven a España y a los españoles pero el odio es así. Aún hoy es difícil entender cómo el nazismo pudo generar un odio antisemita tan profundo, que arrastró a la muerte a 6 millones de judíos… Pero ocurrió

Las historias de odio permanecen y siguen generando dolor. Los acontecimientos de hace unas semanas en Barcelona y en toda Cataluña ponen de manifiesto hasta que punto el odió por lo español buscaba probablemente la muerte de algún policía en las calles de la ciudad condal como máxima expresión de la antipatía del separatismo catalán contra el constitucionalismo.

Por lo visto el odio catalanista posee gran capacidad de aprendizaje y de contagio. Es fácil de activar y muy difícil de controlar. Hace a los blandos y mansos, de formación deficitaria, vulnerables y sobre todo muy manipulables, lo que les transforma en seres dañinos y sin escrúpulos.

Lo cierto es que a pesar de conocer sobradamente sus consecuencias hoy el odio sigue siendo alentado por parte de políticos interesados en mantener a sus fuerzas leales lo mas activos posible. A veces el estimulo se produce de manera sutil.

Odio es la palabra que mejor define el sentir de los catalanistas y de los antisistema que los acompañan. En la falta de moral y de ética de los líderes que gobiernan el odio, se encuentra la clave para su activación o desactivación, de ahí su poder, de ahí su sectarismo.

Para entender de que hablamos me limitaré a reflejar literalmente el contenido del pensamiento del actual presidente de Cataluña sobre los españoles, Quim Torra, cuando el 19 de diciembre del 2012 escribió en el diario digital “El Mon” lo siguiente bajo el título ‘La lengua y las bestias’:

“Ahora miras a tu país y vuelves a ver hablar a las bestias. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana, sin embargo, que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua. Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad”. 

Torra, que duda cabe, pertenece a eso que los psicólogos definen como odio “profundo y duradero, una intensa expresión de animosidad, ira y hostilidad hacia los españoles”. Es más su actitud y disposición no es un estado emocional temporal sino permanente y de raiz y con una persona así en el puesto mas alto del poder público Cataluña poca cosa mas que odio se puede esperar

Esta sin razón del odio catalán tiene un cimiento único: el fundamentalismo. Un fundamentalismo nacionalista, separatista y sectario que no permite la aceptación bajo ninguna condición del pensamiento del que es diferente. Su forma de vida se basa en el convencimiento de que “el otro”, el que no es como “ellos” ha de ser eliminado; y que su eliminación es un acto de virtud.

Sin embargo, creámoslo o no, durante todo el siglo XX el independentismo fue una corriente absolutamente minoritaria y marginal en Cataluña. El catalanismo, movimiento cultural y político que vio la luz a finales del siglo XIX y que se asentó en la primera década del siglo XX, nunca defendió la separación de Cataluña del resto de España. Al contrario, el proyecto era el de reformar y modernizar España, de hacerla grande otra vez a partir del dinamismo de la sociedad catalana. Ironías de la vida

Pero el adoctrinamiento independentista alcanzó su cambio cualitativo en Cataluña al permitir que en las escuelas se desarrollara un odio mordaz e inconsciente cuya deriva se sufre hoy en las calles catalanas. Hace ya más de tres décadas que se practica, primero inadvertido, luego consentido y finalmente asumido por las autoridades e instituciones del resto de España. Ningún gobierno anterior puede decir que “no sabía”. Si, sí lo sabían y no hicieron nada.

Es mas Zapatero animo incluso a forjar esta insalvable brecha desmembradora del separatismo con aquello de “aceptaré plenamente el estatuto de autonomía que emane del Parlamento Catalán”. Este loco no solo nos condujo a la mayor crisis económica sino que además nos metió de bruces en el callejón sin salida del odio separatista.

El odio secesionista es como el terrorismo tiene en sí una filosofía de fanatismo, violencia y muerte. Su doctrina y práctica se basa en que la fuerza y el miedo son los factores que mueven al mundo.

El odio es un mal parche para la herida abierta en Cataluña y sin embargo crece exponencialmente y contribuye a que se haga más y más grande las diferencias entre catalanes y entre españoles. 

Odiar siempre es una elección. Una actitud vital elegida entre todas y cada una de las actitudes que podemos tomar y en estos días estamos viendo como ese es el camino elegido por algunos catalanes que encuentran en  esas oleadas de rabia y odio una forma de dejar clara su intolerancia, su racismo y su xenofobia para con lo español.. 

Son gente que no se llama a sí misma racista pero que pide que se aparte a los diferentes, a esos que llaman con desprecio los españoles y piden también que no se les tenga en cuenta o que se les quiten sus derechos con votaciones falsas, manipuladas, que conducen al engaño de los mansos y débiles.

Es una pena pero el mundo puede ser un lugar muy triste a veces

Pues eso

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