La falsa superioridad moral de la izquierda

Allá por julio de 2016, el último referente de la izquierda moral y ética que quedaba en España, Julio Anguita, decidió retirarse de la escena pública y lo hizo con una frase: “insúlteme usted si quiere, pero no me llame progre”. Como si de un epitafio moral se tratara, Anguita rechazaba ser contemplado dentro del progresismo, esa mutación del término izquierda que hoy se arrogan algunos queriendo con ello reflejar una superioridad inexistente frente a la derecha. Vana realidad.

Una de las cosas que he aprendido con el paso de los años, cuando ya era realmente tarde, es que resulta un chollo ser un progre. O más exactamente, ser tenido públicamente por un tipo progre y con profunda sensibilidad social aunque tu comportamiento vital discurra por otros cauces muy diferentes. 

Ejemplos tenemos a manta en todos los ámbitos de la vida social, política, mediática y profesional, y en muchos de ellos me temo que subyace una profunda hipocresía, pues tras esa hermosa fachada de mentalidad solidaria y rollito progresista se oculta, bastantes veces, un postureo de tinte izquierdista nada dispuesto a cumplir con el manual buenista que predican. 

Para muestra un botón y al ejemplo de Pablo Iglesias e Irene Montero me remito, que de criticar aquello que llamaban casta y vivir junto al obrero han pasado a vivir de éste, acunados en el sillón del Congreso como herramienta para mantener sus gustos refinados y cuestionable humanidad de boquilla y vivir del cuento colorín colorado que llevan años hábilmente cultivando. 

Pero mas allá de la política los ejemplos de progres interesados fluyen como un maná ventajista. Pseudoculturetas metidos a guías de almas y auto nombrados líderes de opinión como Javier Bardem, Risto Mejide, Buenafuente, Javier Sarda, Pablo Motos, Susana Griso,  Wyoming … etc, todos ricos, todos líderes de cándidos y todos ejemplos visibles de cómo por el hecho de aparecer en los medios por su mayor o menor talento pretenden implantar esta manida superioridad moral progre como arma de modernidad y pretendido compromiso social. 

La nueva izquierda, “actual y moderna”, pertenece a ese clan especial de lo progre que parece otorgarles, por el mero hecho de su adscripción al mismo, una permanente superioridad moral en todos sus comportamientos, dando absolutamente igual que su trayectoria vital desmienta rotundamente los aparentes bellos ideales que blanden por doquier.

Dan por supuesto que la gente de izquierdas es “más exigente” con la justicia y, por ello, “sus ideas son moralmente superiores a las de la derecha”. Pero no proporcionan ningún argumento que apoye esta superioridad, más que su propia convicción de ser superiores moralmente y de su inmensa “preocupación por la justicia”. 

Es como si admitiésemos que un tipo que se cree Lenin es ya, solo por creerlo, Lenin; y que, como le preocupa mucho tomar el Palacio de Invierno, ya solo por eso se justifica tomar el Palacio de Invierno.

Ahora bien, ¿hace esto a la gente de izquierdas más sensibles en asuntos éticos que la de derechas? Lo cierto es que no, la experiencia hoy en día demuestra que los individuos de derechas se desempeñan igual de bien, o de mal, que los de izquierdas al detectar (y reprobar) situaciones en que se causa daño u opresión a los demás. 

La izquierda española se ha fundamentado basándose en esta engañosa superioridad moral que le lleva a creer que posee una condición especial por la que lo natural es que gobierne. De hecho lo mas curioso es que cuando no gobierna lo considera un paréntesis de anormalidad. El socialismo siempre ha visto la vida así y siempre ha defendido esta  posición con vehemencia desde su total convencimiento de esa ficción. Y es que cuando no gobierna como quieren, retuercen la democracia y tratan de conseguir –o de mantener– el Gobierno “sea como sea”.

El extremo de esta posición puede que haya que encontrarlo en cómo socialistas, comunistas, anarquistas y sindicalistas prepararon y ejecutaron la revolución de Asturias en octubre de 1934 contra el Gobierno legítimo de la República sencillamente porque en las elecciones del 19 de noviembre de 1933 habían ganado las fuerzas de centroderecha por más de dos millones de votos. Los desmanes duraron dos semanas y se produjeron dos mil muertos. 

La izquierda cree en su superioridad moral como si de un mantra se tratara, de modo que para ella vale todo. Al centroderecha se le discute incluso su lugar bajo el sol.

Toda esta situación, deriva en un teórico “sentido común” inserto en la creencia colectiva, en el cual la derecha se representa como egoísta pero pragmática, y la izquierda altruista pero idealista, y que resume bien la frase de :”Quien con 20 años no es de izquierdas no tiene corazón, pero quien con 40 no es de derechas, no tiene cerebro”.

Basado en esto se produce la creencia de que en tiempos de bonanza económica uno puede permitirse “el altruismo y la sensibilidad social” hacia los más desfavorecidos, pero en los tiempos de crisis se debe imponer “el pragmatismo” económico.

El peligro sin embargo radica en el filo de sierra continuo a la que esta situación fuerza a la economía y el desarrollo de nuestro país, siempre con periodos de altura a los que siguen despeñamientos. Y todo según gobiernen unos u otros. 

Sin embargo, siendo preocupante esta situación, creo que que Ignacio Cosidó tenía toda la razón cuando en un articulo de hace años escribió lo siguiente:

“La batalla política decisiva en España no lo será por el poder ni por las ideas, sino por los valores. Lo que este país sea dentro de una o dos décadas, la propia supervivencia de nuestra democracia, estará en función de los valores que sean predominantes en nuestra sociedad. Por eso, el efecto más nocivo y peligroso que puede terminar causando el zapaterismo gobernante es provocar la debilidad de los valores de la sociedad española actual”.

Hoy Zapatero ya no está pero está y su sustituto que no está si está y parece querer superarlo

…lamentablemente

Pues eso

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