Política macarra

Siempre ha habido y siempre habrá sinvergüenzas en la vida política, especialmente los de un género en particular, los hipócritas, de cuyo ideario hace gala cada semana nuestro presidente en sus ataques de verborrea mediática televisiva, para a continuación hacer lo contrario. 

Comparte gobierno, este nuevo sanchismo, con una caterva de aficionados a la política, un grupo de niñatos maleducados y buscadores de bulla que no por conocidos dejan de ser una constante sorpresa impresentable. Un vicepresidente macarra sin más visión política que lo inmediato y una colección de “comunistillas” sin idea alguna, para los que el gobierno solo es una forma de destacar socialmente por increíble que parezca.

En este esquema, el presidente que nos ha tocado es un simple recipiente de caprichos personales. Tenemos al mando un gobierno al que día si y día también, se le escapan las más absurdas y miopes decisiones con las que buscan salir de los problemas a los que les conduce su incompetencia, mientras meten a este país en uno enorme.

Este gobierno demuestra con su inacción que piensa a muy corto plazo, no hay una dirección, no hay políticas de Estado porque si hubiera un plan nacional de desarrollo con políticas de Estado habría una consistencia. 

Más allá del coronavirus, esta sociedad mal lleva la hartura que le genera  este gobierno que no sabe hacia donde ir y en el que todo es fruto de la improvisación y la ocurrencia.

Pero tanto el Gobierno como su oposición andan anclados en rencillas similares a las del 36. Inmersos en una lucha estúpida por blandir argumentos y agresiones unos contra otros, que nos obligan a asistir al continuo ladrido de personajes como Iglesias, Montero, Álvarez de Toledo, Ábalos o Echenique por citar algunos. Pero lo peor es que el penoso espectáculo de la Cámara baja española alcanza la calle, es adoptado por el macarrismo patrio y se expande. 

El problema, desde mi punto de vista, no es ideológico, no tiene nada que ver con el hecho de apoyar una monarquía o una república, o con ser «de derechas» o «de izquierdas», una dualidad convertida ya en auténtico esperpento reduccionista y sin sentido, sino puramente metodológico. 

Se trata de apoyar que un país que se considera a sí mismo democrático sea gestionado de verdad y de manera efectiva como una democracia, y no como la triste caricatura de una democracia en la que el ciudadano, en realidad, asiste al espectáculo bufo de sus representantes.

Vivimos una etapa de poca brillantez política. La enorme cantidad de advenedizos llegados a los pasillos de las Cámaras ha provocado que apenas existan en la política española ejemplos contados de políticos con visión de Estado. 

La profesionalización de la política está haciendo que este gobierno anteponga  librar su culo y guardar su sillón, a defender el interés general. 

Y es que trabajar como diputado o miembro de una institución política no debería convertirse en un modo de vida. Los años deberían estar limitados por ley y fomentar la entrada de profesionales consagrados sin miedo a perder su escaño, pues este no sería su medio de subsistencia. 

Esto ayudaría a desplazar de puestos de decisión a quienes no disponen de experiencia en el mundo real, donde el sueldo está ligado a la competencia y al resultado.

En este entorno de cosas, estoy casi  seguro que la visión de los que nos gobiernan, sobre el futuro de este país, si es que existe alguna, no coincide ni por el forro con el país que quiere la mayoría de los españoles, por mucho que se empeñen ellos en repetirlo desde sus altavoces mediáticos y sus redes de bots continuamente.

Sánchez, como en su día Zapatero, vive en una realidad paralela. Asustado por la enorme carga judicial que le amenaza a él y a su gobierno, no tiene tiempo de ver a España en perspectiva hacia el futuro y no tiene más visión que llorarle a la UE para que le regalen el dinero, pero eso sí, sin que tenga obligación de devolverlo.

Este estado alarmante deja meridianamente clara la incompetencia tan absoluta del político ventajista, que lucha por permanecer subido al machito por encima de los intereses de los españoles. 

Este país puso al mando de su destino, en el peor de sus momentos, al político más nefasto como presidente, y ha bastado una crisis sanitaria para dejar al descubierto que este tipo no sabe hacia dónde vamos, ni las consecuencias que tendrá su incompetencia. Cree que todo irá bien cuando ya se ha dejado por el camino casi 28.000 conciudadanos.

Le confieso lector que hace ya tiempo que cada vez que veo a Sánchez en RTVE, como no, me viene a la cabeza la estupidez de aquel presidente de EE. UU., Herbert Hoover, quien aseguraba en 1928, a tan solo unos pocos meses de que la Gran Depresión hundiera las bolsas del mundo y pusiera en jaque a toda la economía occidental: 

En Estados Unidos estamos hoy más cerca de la victoria final sobre la pobreza de lo que haya estado ningún otro país en la historia. La beneficencia para pobres va a desaparecer en este país. –

Lo dicho Dios nos coja confesados

Pues eso

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