¿Y ahora que?

Odio la expresión “nueva normalidad”. Este oxímoron forzado por el gobierno jamás entrará entre mis expresiones comunes, no le dejaré. La normalidad nunca será nueva, es o no es normalidad, pero jamás nueva. Y además yo lo que quiero es lo de antes pero mejorado, que ya lo íbamos necesitando, pero lo de antes al fin y al cabo, me explicaré.

Antes del confinamiento nos habíamos acostumbrado a que nuestras vidas fueran definidas por la velocidad. Corriendo hacia todos lados y viviendo la vida al ritmo de un cohete. Mantenerse al día con las responsabilidades laborales, las obligaciones sociales y las últimas tendencias tecnológicas o de moda era una hazaña interminable. Solo unos pocos privilegiados podían permitirse frenar.

Pero el confinamiento nos condenó de manera súbita, de la noche al día, a reducir el ritmo, a frenarlo. La gente literalmente dejó de correr al trabajo. La oficina, gimnasios, pubs, discotecas y restaurantes estaban cerrados. Quedarse en casa se convirtió en la normal. La gente comenzó a jugar juegos de mesa y rompecabezas, jardinería, hornear, hacer gimnasia y otras actividades análogas con el nuevo tiempo encontrado.

Al referirme a que aspiro a la normalidad de antes pero mejorada, me refiero a que ahora que estamos emergiendo gradualmente del confinamiento sería magnifico que pudiéramos conservar los beneficios encontrados en la desaceleración y abandonáramos los males adquiridos en la antigua forma de vivir, siempre bajo presión y acelerados permanentemente.

Por ejemplo, démosle a la política el valor real que tiene. Comprendamos de una vez que el beneficio de la democracia es, en parte, sabernos empoderados para juzgar el comportamiento de los políticos y criticarlos y reclamarles lo que prometieron.

La política y los “aló presidente” o tantos “alós” como nos han obligado a atender en TV a la hora de la comida han resultado agotadores. No, no los quiero más en mi normalidad.

A la luz de lo acontecido recordemos, cuando vayamos a votar, lo ocurrido y tengámoslo en cuenta. Pensemos que el simple hecho de depositar el voto está marcando con quién queremos estar en situaciones tan críticas como la que hemos sufrido. El voto es nuestro privilegio y nuestra forma poner al mando del país a quien creemos que puede gestionar los momentos, los fondos públicos y nuestras vidas sin hacernos daño.

Pero hay cosas que nos han demostrado que vivir mas allá de la apariencia es posible, que lo cercano, lo que se toca es mas importante que lo que aparenta o lo que se promete sin sentido.

Por ejemplo las ciudades se han mostrado más amables con los ciudadanos al ampliar su capacidad de crear espacios para que la gente pudiera andar o ir en bicicleta, incluso cerrando calles al tráfico. En esto han quedado claras las diferencias entre los alcaldes que se han puesto de parte de los ciudadanos y los que han preferido el partidismo y el sectarismo.

José Luis Martínez-Almeida es uno de esos ejemplos que ha sabido “estar” en esta crisis. Siempre involucrado, siempre a caballo entre la calle y el despacho, siempre solucionando problemas. Almeida ha recibido aplausos desde todos los flancos sociales y políticos por su actitud y su gestión en el combate de la pandemia. Este joven alcalde ha hecho mas que méritos para convertirse en el mejor alcalde de Madrid, si no algo mas.

Pero mas allá de los méritos personales sería magnifico que ahora fuéramos los ciudadanos los que adoptáramos los ejemplos dados en el confinamiento y lográramos normalizar esta alteración del entorno de la convivencia y no volver a la lucha desesperada por formas apresuradas, estresantes y vacías.

Por otro lado, las fases de confinamiento nos ha hecho depender de la tecnología en gran medida, para poder hacer nuestro trabajo de forma remota. Pero además, la tecnología nos ha permitido mantener vivo el contacto con aquellos que reconocemos como importantes para nosotros. Aquellos sin los que no podríamos haber sobrellevado tanta hora muerta. Aquellos que queríamos, y queremos, tener a nuestro lado.

Pero a la vez, otra de las grandes conclusiones que sin duda sacamos de este encierro es la de haber aprendido a identificar a aquellos que nos han buscado por interés y que han creído que tantas horas pegados a la tecnología les abrían el camino para inculcarnos el odio y el rencor.

Las horas de Zoom con amigos y las películas con la familia han vencido sobre los ridículos mensajes llenos de inquina de personajes como Monedero, Echenique y tanto progre alquilado para diseminar en las redes su veneno. Muy a pesar suyo hemos utilizado mucho mas la tecnología para reforzar el sentimiento de estar en contacto que para separarnos, aunque debo reconocer que la presión de la ponzoña ha sido mucha y la tentación de responderla me ha vencido en ocasiones.

Mas allá de personajes funestos pendientes de ser valorados por la justicia y ahora con cierta libertad recuperada en la que comenzamos a vernos fuera de las casas, a medida que los restaurantes, las tiendas, las terrazas y los bares comienzan a abrir, empezamos a ser conscientes de la cantidad de cosas y actividades que lejos de lo trivial de la política podemos hacer.

Sin embargo seria bueno que tratáramos de recordar las sensaciones de carencia que la pandemia nos ha provocado y valorar por tanto lo recuperado. Pero también deberíamos analizar nuestras prioridades y dar valor a aquello que lo tiene dejando de lado lo trivial y absurdo. Volvamos a la normalidad, con las precauciones sanitarias necesarias para evitar rebrotes, pero a la normalidad que conocimos. Aquella en la que estábamos cómodos, pero ahora dando verdadero valor a lo importante.

Disfrutemos de nuestra gente, démonos tiempo para vivir, busquemos tiempo para leer, para la imaginación. Salgamos a caminar, no por competir sino por el placer de andar y sentir el aire en la cara. Desarrollemos nuestro talento creativo y nuestra imaginación para compartirla entre todos. Seamos felices. Se puede ganar mucho al tener un ritmo de vida diaria en el que uno tenga tiempo para saborear la vida.

Compitamos no por tener más dinero sino por ser más felices, es la nueva oportunidad que nos da la vida, el desafío real al que deberíamos hacer frente.

Pues eso

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