El terrible fracaso de la vacuna

Las distintas vacunas que están, por fin, llegando a occidente son la gran esperanza para acabar con la pandemia, pero no están llegando a todos.

Es cierto que, en nuestros países, es decir en aquellos territorios hasta los que llega nuestra nariz acomodada, tenemos problemas para el suministro de lo acordado con las farmacéuticas, pero si esos son nuestros problemas, el mundo está al borde de un fracaso moral catastrófico, y el precio de este fracaso se pagará con las vidas y el sustento de los países más pobres

Hace pocos días el máximo responsable de la OMS reflexionó ante los medios de comunicación que “¿es justo que gente sana y joven en naciones ricas acceda a la vacuna antes que grupos vulnerables en países más pobres”?

Hasta el día de hoy se habían distribuido alrededor de 39 millones de dosis de la vacuna anticovid en 49 de los países más ricos, en comparación con los más de 85 estados del mundo que tendrán que demorar dos años la inmunización masiva contra la Covid-19 por la escasez de vacunas cuando no por el precio de éstas.

Hasta este mes de enero, China, India, Rusia, Reino Unido  y Estados Unidos han desarrollado vacunas contra el coronavirus, y otras han sido desarrolladas por equipos multinacionales, como la de Pfizer, una colaboración germano-estadounidense. Casi todas estas naciones han priorizado la distribución a su propia población.

Tras asegurar la vacunación de los propios, los laboratorios han abierto una especie de mercado persa hilarante que ha desembocado en situaciones absurdas, como la polémica de si el vial proporciona cinco o seis dosis y  si son seis el precio cambia.

Una cosa es cierta, Pfizer tenía previsto producir 100 millones de dosis hasta el final del año 2020, sin embargo tuvo que reducir su objetivo hasta los 50 millones de dosis, y es que probablemente deberán ajustarse los procesos de producción de la compañía.

No debe ser  sencillo ampliar la línea de producción de un medicamento que tiene por objetivo inmunizar al mundo y de paso hacerse ricos con ello.

Mientras todo esto sucede, hace unos días la Organización Mundial de la Salud criticó duramente la discriminación en la distribución y aplicación de la vacuna en el mundo, que deja de lado a los países más pobres. Al mismo tiempo, cuantificó en más de 93, 2 millones los casos positivos y en 2.014.729 los fallecidos por la COVID-19 en el globo. 

El drama según señala la OMS, agárrese a la silla el lector, es que de los 39 millones de dosis que se han administrado en el planeta, solamente 25 han sido inoculadas a personas en países pobres. «Solamente 25 dosis. No 25 millones, no 25.000, apenas 25» (es decir, un 0,00006%), según se lamentó el director del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus.

Nos quejamos porque los protocolos de vacunación no se cumplen, pero mientras en algunos países del llamado tercer mundo no hay vacunas ni las habrá por lo menos hasta 2023 o 2024 o …

Al mismo tiempo y como si del cuento de la lechera se tratara, el gobierno de Pedro Sánchez presume de haber comprado 140 millones de dosis de la vacuna del Covid 19, suficientes para todos los españoles y más.

Sin embargo, la realidad es que de momento solo llegó a reservar mucho producto experimental y que se puede quedar en el camino por la dificultad de la I+D+I.

El viernes 8 de enero se supo que Sanofi, de cuyo contrato dependen 31,5 millones de envases, ha fracasado en su primer intento y retrasa seis meses, hasta finales de 2021, el siguiente intento, con ello se suma al fallo de la australiana CSL que ya ha abandonado la carrera.

De momento, el plan de vacunación de Sánchez depende exclusivamente de Pfizer, que entregará progresivamente 21 millones de viales, y de Moderna con otros 8,4 millones. Pero del resto crucemos los dedos porque depende de quién no tiene seguro sus proyectos.

Pero si este es nuestro problema de país de occidente, en el mundo pobre, en la miseria, no existe la menor expectativa de que caiga ni siquiera un mísero vial por accidente. Si antes  el mudo rico apenas se acordaban de ellos, hoy ni siquiera quieren saber que existen. Dicen que occidente es el faro del mundo, pero nuestra luz no ilumina a todos por igual, y es que esa luz no les llega a los más pobres.

Las vacunas, al final, son una cuestión de dinero como casi todo. Los medicamentos que solucionarían las enfermedades que diezman al tercer mundo no interesan a los laboratorios farmacéuticos, no dan dinero. 

La pandemia está dejando al aire la miseria de este mundo, dejando claro que la salud está en manos de intereses espurios. El dinero está marcando el ritmo y destino de la producción que ha de poner fin a un miserable virus que nos diezma. 

Pero si esto pasa con nosotros recuerde lector que mientras aquí hablamos de millones de viales, hay países en los que se habla de unidades, 25 para ser exactos.

Pues eso

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