¡Caos!

Pasa el tiempo y cada vez se hace más evidente que vivimos en el mundo de lo absurdo. En medio de una pandemia que nos mata a diario, un caos total reina sobre la valoración e información al respecto de las vacunas, en concreto la producida por AstraZeneca.

De algo podemos estar seguros y es de que este coronavirus ha venido para quedarse y que la vacuna, sea esta la que sea, es la única solución real a este mal. Creer lo contrario no es sino dar un crédito peligroso a la posición suicida de los anti-vacunas y por lo tanto asumir una mentira inaceptable.

Hoy no hay duda de que las vacunas son uno de los grandes avances de la historia de la humanidad y la mejor forma de prevenir y reducir las enfermedades infecciosas. De hecho, la Organización Mundial de la Salud estima que evitan de 2 a 3 millones de muertes al año.

Gracias a las vacunas se ha conseguido erradicar enfermedades tan letales como la viruela y poner al borde de la extinción dolencias tan temidas y contagiosas como la poliomielitis. Por ello, no es de extrañar que al oír la palabra “vacuna” podamos asegurar que es, sin duda, la solución perfecta para la COVID-19.

Pero ante esta “solución perfecta” solo la incompetencia de los políticos, una vez más los políticos, puede quebrar la seguridad y confianza de los ciudadanos sobre este avance en tiempo récord de la ciencia médica.

A simple vista, no pareciera muy cuerdo tomar la decisión de no vacunarse, si esto ha de producirse con AstraZeneca, pero a la vista de la continua inconcreción de criterio de las distintas administraciones e instituciones nacionales e internacionales, entiendo las dudas de algunos perfectamente.

El mundo está demostrando que sí, que se puede ser más torpe de lo que uno imagina diariamente. Las idas y venidas institucionales al respecto de AstraZeneca son un error imperdonable para la confianza que necesariamente la gente ha de tener en sus instituciones sanitarias.

Poner en cuestión una vacuna de la cual ya han recibido una dosis 17 millones de personas en Reino Unido y la Unión Europea, aunque se hayan detectado menos de 40 casos de coágulos hasta la pasada semana, no es sino una absoluta locura e inconsciencia a destiempo.

El continuo ir y venir de los gobiernos e instituciones sanitarias no hace sino reflejar la inconsistencia de los argumentos, pero sobre todo deja en el limbo a quienes ya se les ha administrado la primera dosis de esta vacuna. Más de dos millones de personas ya han recibido el primer pinchazo en España y esperan el segundo, pero la decisión está en el aire.

La situación no puede ser más delirante pues la acción del gobierno deja todo en el aire a expensas de que, como siempre, sean otros los que lideren la situación y con ello la solución del problema.

Hoy, al menos en España no se sabe quién toma las decisiones sanitarias. ¿El Ministerio de Sanidad? ¿La Agencia del Medicamento? ¿La Unión Europea? ¿Las CCAA? ¿Moncloa?… ¡Por Dios que no sea Sánchez!

Unos y otros se pasan la responsabilidad y mientras, obedientes y guiados por el sentido común, los ciudadanos acudimos al llamado oficial de nuestra cita con la vacuna pues, más allá de la estupidez institucional, entendemos la importancia de que esta plaga tenga un final incluso por encima de los que dicen estar al mando. Válgame Dios, ¡qué gente!

Tal y como están las cosas, con este virus matando y enfermando a la población mundial de forma continua, personalmente creo que hay que mirar más allá del principio de precaución y ser valiente en la decisión.

La excesiva precaución favorece la inacción como forma de reducir riesgo. Pero el problema es que estos no son tiempos normales y la inacción puede ser mucho más arriesgada que la acción, un riesgo inasumible.

A veces puede ser doloroso esperar por certidumbre. No vacunar a la gente, o aceptar que esta no se vacune por propia decisión, va a costar vidas.

Sin embargo, hay una segunda lectura sobre lo que está sucediendo con esta cuestión qué me preocupa y que tiene que ver con cierto nivel de incompetencia mostrado por la Comisión Europea y la firma de los acuerdos para la adquisición de las vacunas.

Y es que países como Estados Unidos o Reino Unido han demostrado mayor velocidad a la hora de autorizar los sueros e iniciar las campañas de vacunación que la Unión Europea, que ha apostado por un sistema de compra conjunto por parte de las autoridades europeas en nombre de los Veintisiete.

La Unión Europea ha sido demasiado lenta y timorata a la hora de negociar los contratos con los fabricantes en comparación con otros países. En este sentido la EMA, así como los distintos reguladores nacionales fueron en exceso cautelosos a la hora de aprobar algunas vacunas frente a otras instituciones como la FDA en USA.

Además, los expertos suman a esta ecuación los terribles y enrevesados trámites burocráticos presentes a nivel nacional en cada uno de los Estados miembros. Una selva burocrática que en nada habla de ser una unión de países sino más bien un sálvese quien pueda.

Los países europeos han adoptado además un enfoque conservador mientras que Estados Unidos, básicamente, no dudó a la hora de negociar con los fabricantes y aumentar sin miramientos el presupuesto para acelerar no solo el desarrollo de las vacunas sino también su producción.

Un dato revelador, a mediados de junio la Comisión Europea anunció una compra conjunta de vacunas por valor de 3.200 millones de dólares mientras el Operation Warp Speed, programa de vacunas de la Administración Trump, contaba con un presupuesto de 10.000 millones de dólares.

No diré más, esto es muy farragoso y creo que merece un análisis más en profundidad, pero una cosa me queda clara y es que, en esto de las vacunas, en Europa, todo va tarde, mal y nunca. Y si eso es así imagínese lector como será la cosa en España con Sánchez y Simón.

Pues eso

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