Campaña negativa, sucia, infame

La campaña sucia es uno de los trucos más antiguos y efectivos de la política. Todos los piratas del negocio de la consultoría política lo han utilizado en tiempos de problemas, e incluso para describir su efecto se ha elevado al nivel de mitología política una historia sobre una de las primeras campañas de Lyndon B. Johnson en Texas:

En aquella ocasión la carrera estaba muy reñida y Johnson y sus asesores estaban preocupados por lo incierto del resultado. Finalmente, Johnson ordenó a su jefe de campaña que iniciara una campaña de rumores masivos sobre el hábito de toda la vida de su oponente, un criador de cerdos, de disfrutar del conocimiento carnal con sus cerdas de corral.

“Por Dios Lyndon, ¿Cómo vamos a llamarle algo así a este tipo?, protestó el director de campaña. “Nadie se va a creer eso”.

“Lo sé”, respondió Johnson. “Pero me gustará ver como hace ese hijo de puta para negarlo”.

Al hilo de esto, nunca he visto tamaña suciedad en una campaña electoral como en esta por la Comunidad Autónoma de Madrid. Tanto en el fondo como en la forma, esta campaña ha resultado ser vomitiva.

Las candidaturas de izquierda han tergiversado el sentido de la democracia llevando a su relato argumentos guerra-civilista con la intención de provocar la polarización de la población llamando a las barricadas a sus votantes.

Pero reconozcamos que Vox se lo ha puesto fácil. Son tantas las cosas que comparto con Vox como las que no me gustan de su discurso, pero para mí la actitud de Rocío Monasterio así como su dicción ha estado fuera de lugar. Tanto por un motivo como por el otro se lo ha puesto “a huevo” a la izquierda y en especial a Pablo Iglesias.

Quiero pensar que todo ha sido fruto de la bisoñez estratégica de quien les haya aconsejando, pero la realidad es que Vox no avanzará mientras su mensaje suene a “tomar las calles” más que a hacer política de estado.

España no es EE.UU, ni Pablo Iglesias o Abascal son Trump y esta democracia que nos hemos dado sabe que clamar por el enfrentamiento social lamentablemente tuvo consecuencias en un pasado, que gracias a Dios las nuevas generaciones ni conocen ni entienden salvo los pocos “enteraos” que militan en los partidos de ambos extremos.

Han confundido campaña negativa con campaña sucia y a esta la han convertido en una campaña infame.

La campaña sucia siempre distorsiona la realidad, inventa, atribuye cosas que no son reales. Y lo hace a sabiendas, con el único objetivo de dañar al otro sin importar cuál sea el medio utilizado. Para ello atraviesa las fronteras de la ética, de la dignidad, del decoro…


No busca ilustrar al público ni prevenirlo. Busca engañarlo. Pues bien en esta campaña se ha logrado dar “el triple salto mortal” convirtiendo la suciedad en infamia, en canallada, en vileza.

No todo vale por ganar y el espectáculo dado debería hacer reflexionar a todos, partidos y votantes, sobre los límites del debate político y las consecuencias de excederlos.  

Esta campaña sucia, infame, ha tenido otros intereses y otros atributos que han cruzado de forma permanente todas las líneas rojas.

Se han utilizado mensajes sin contrastar, envíos de correos sin verificar y sin autoría, se ha aprovechado la acción de un enfermo mental para acusar a un partido legal, se han convocado ataques a partidos divergentes provocando el violento ataque a asistentes a mítines, se han manejado medias verdaderas o directamente falseadas. En resumen se ha atentado permanentemente contra la democracia argumentando que se actuaba en defensa de la misma.

Más que una campaña en uno de los países más importantes del mundo occidental esta campaña se ha parecido a una en Somalia, solo faltaba en Black Hawk derribado. Confieso que me he sentido avergonzado a lo largo de la campaña, jamás pensé que en mi país se darían situaciones como las vividas desde que Isabel Ayuso convoco elecciones (recordemos que para evitar la moción de censura de la izquierda en connivencia con Ciudadanos)

Las campañas políticas, dentro de un marco de decencia, siempre serán una sabia mezcla de lo negativo y lo positivo, sin atentar contra la verdad.

Pero también es de desear que los argumentos se basen en el uso de mensajes políticos sobre la esperanza, la paz, la convivencia, la solidaridad, en alcanzar un futuro mejor, o en conseguir un cambio que se corresponda con las necesidades, demandas y derechos de los ciudadanos.

El insulto, la bajeza, la mentira o el engaño son artimañas de quien no merece ni el gobierno ni la confianza de los ciudadanos y en esta campaña ha habido demasiados Lyndon B. Johnson, usted ya me entiende lector.

Pues eso

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