La estrategia del imbécil

La relación entre estupidez y vanidad se ha descrito como el efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes de lo que son. Este efecto se basa en dos evidencias:

Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades.

Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás.

Pues bien, en la actualidad este efecto viene al pelo para interpretar el por qué de las decisiones y astracanadas de este gobierno de España, nacido a la luz de un socialismo travestido en sanchismo que nos ha arrastrado a donde estamos.

Aludo directamente a Pedro Sánchez y los incompetentes que eligió para acompañarle en la miserable labor de hundir a mi país, nuestro país. Lo hasta hoy logrado por estos incompetentes distingue fácilmente a tanto líder, portavoz, diputado, perito, charlatán, sacamantecas y desatinado que pululan por doquier al calor de un gobierno que no merece llamarse tal y al que nos vemos abocados por las infinitas ganas de perdurar por encima de todo de su presidente, Pedro Sánchez.

Nadie espere gestión de este hombre y su gente, que nadie piense que este rey del postureo sabe como sacarnos del infortunio que nos sobrecoge, no nada de eso. Sánchez sube criminalmente los impuestos aunque lo niegue, prefiere no mojarse en el control de la pandemia y pasa de todo, ha sido acusado por el TC de instrumentalizar el estado de alarma para fines propios, pero a él le da igual… Jamás un gobierno dio tantas evidencias de actuar con tal falta de escrúpulos e incapacidad y de espaldas a sus ciudadanos.

Y es que la flaqueza, blandurria, falta de carácter y bajeza de este gobierno ha quedado expuesta en estas elecciones de Madrid tan pronto se ha encontrado con un rival digno, como lo hiciera en Galicia con Feijóo, capaz de contraponer la luz de un verdadero gobierno a las sombras de los advenedizos e imbéciles de lo nacional.

Ha quedado demostrado que la miseria moral de esta gente alcanza incluso a los suyos, pues tan pronto huelen a desastre son tan lamentables que en vez de hacer frente común a la adversidad, se lo cargan al que menos culpa tenía y siendo esto así, ¿quién puede esperar que esta gente haga algo por este país que no sea hundirlo aun más y empobrecerlo de por vida?

Sánchez ha llegado a la política para completar el legado de su mentor, Zapatero. Encumbrándole, el socialismo se ha equivocado una vez más para desgracia de España y ha puesto al frente del partido al más imbécil de su militancia, y de un tipo así solo se puede esperar lo peor, y lo peor llegó.

Sánchez es además cobarde, un cobarde que nunca da la cara, nunca aparece en primera persona cuando lanza sus ataques, cuando –mediante la mentira- busca el desprestigio del que le molesta o al que le tiene envidia, siempre se sirve de otro –otros- de los muchos que maneja y al que podrá dejar tirado si le interesa, como ha sido el caso del Ángel Gabilondo.

Ahora resulta que su principal objetivo pasa porque los dos próximos años se acose a Madrid y a su presidenta. Y es que está herido en su ego este “posturitas”. Madrid es hoy su principal obsesión y para ello pone a su cohorte de ministros al ataque empezando por la incompetente de Exteriores.


Este pésimo presidente que vive de nosotros en la Moncloa, mantiene diferentes «interpuestos» que, convertidos en sus voceros, exponen sus argumentos, difunden la hiel que almacena sin citar la procedencia y representan el papel de marioneta a la perfección.

Eso, y no otra cosa, han puesto en práctica Sánchez y los suyos en Madrid durante estas elecciones, miseria intelectual y barro ideológico, pero parafraseando a Víctor Hugo en Los Miserables “Madrid siempre enseña los dientes; cuando no ruge, ríe”. Y eso es lo que ha pasado, Madrid ha rugido y ahora Moncloa tiembla.

No saben gobernar, no saben gestionar, no saben pensar, no pueden hacerlo, nunca lo han hecho y ahora que están en el sillón que tanto ansiaban solo quieren quedarse en él, no moverse, amarrarse a él y esperar que escampe, pero no escampa y no lo hará hasta que se vayan.

El tiempo de esta gente se ha acabado, ellos lo saben, yo lo sé, pero como si de rémoras agarradas a los tiburones se tratase se nos han adherido y viven a nuestra costa y a la vez que nos chupan la sangre acaban con la poca salud que nos va quedando detrás de esta cruel pandemia.

Gracias a estos incompetentes España se despierta cada día haciendo balance de muertos. Resulta desolador ver que cada periódico, canal de TV o digital lleva en sus cabeceras una contabilidad de la desgracia como bandera de nuestro infortunio.

Mientras tanto, este supuesto gobierno es incapaz de proponer y formular leyes que protejan a los ciudadanos de la estupidez de unos pocos, también imbéciles, decididos a morir chupando una botella de calimocho en una plaza pública y emborrachándose como si no hubiera mañana para regresar a sus casas listos para matar a un familiar.

Tengo ya una edad en la que me merezco decir lo que siento y sentiría que el lector entendiera que en este escrito va más odio y rencor que rabia, pues es de esto último de lo que se trata.

No odio a Sánchez, ni al gobierno, simplemente es que me parecen imbéciles y me duele que nos queden dos años más con ellos en el poder.

Dicen que el tiempo lo cambia todo” … Eso es lo que la gente dice, pero no es verdad. Hacer cosas cambia las cosas. No hacer nada deja las cosas exactamente como están.

Así que hagamos algo porque este gobierno convoque elecciones y desaparezca…No sé…Algo se podrá hacer… En fin, déjeme lector que lo piense, seguro que algo se me ocurre.

Pues eso

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