España se harta

España estalla y ha tomado la calle. Las movilizaciones y manifestaciones se explican por la absoluta situación de descontento de la población. Esta sociedad que tan estoicamente mantuvo el ánimo durante la pandemia se ha hartado, no puede más. Este país no soporta más incompetencia gubernamental. A día de hoy solo los sindicatos son felices y callan, las subvenciones marcan su silencio para su vergüenza.

Hoy trabajadores del metal, pensionistas, agricultores, ganaderos, hosteleros, camioneros, policía, etc. todos salen a la calle para vergüenza del socialismo que nos gobierna junto a los populistas. Y todo esto con una vicepresidenta comunista como ministra de trabajo, de coña. España esta al borde del caos económico y este gobierno sin mover un dedo.

Las causas de esta revuelta son meridianas, por una parte, las consecuencias incontroladas de la crisis post-pandemia (subida de precios generalizada, incremento de los costos de energía y transporte, caída de los índices de bienestar social, más y mayores impuestos…), por otra, el desprestigio de una clase política embarcada en sus luchas interinas (tanto gobierno como oposición) y una continua sensación de devaluación interesada y permanente a las instituciones por parte de los políticos que devalúa a estas ante el ciudadano (justicia, policía …).

Entre la población aumenta la percepción de que las consecuencias de la crisis recaen, como siempre, únicamente en las clases populares mientras que la banca, las empresas (especialmente las energéticas) y las grandes fortunas son favorecidas ante esta situación y, lejos de sufrir sus consecuencias, mantienen e incluso ven aumentados sus beneficios. El grito de aquel 15M de “No es una crisis, es una estafa” reflejaría perfectamente este sentimiento.

Los beneficios de bancos y empresas de gas y electricidad crecen a pesar de la crisis, las ayudas estatales a entidades y empresas amigas y los altos sueldos de los directivos de algunas empresas aumentan el sentimiento de agravio de la población. Las promesas de medidas re-distributivas han quedado en el aire o en el olvido.

Probablemente debido a estas y otras causas la democracia en este país nuestro no está pasando por el mejor de sus momentos.

La ciudadanía ya percibe el absurdo gubernamental y castiga en los sondeos a los partidos coaligados en este gobierno y sus satélites filo terroristas e independentistas. Está comprobado que aquella esperanza que algunos depositaron en el cambio ha resultado ser un fiasco lleno de incompetencia, desconocimiento, falta de compromiso y lleno de ambiciones personales.

Las medidas de este gobierno medio socialista y medio comunista, especialmente algunas como la reforma de las pensiones o la abolición de facto de la llamada ley mordaza que deja al descubierto a las fuerzas de seguridad del estado no solo han generado inquietud sino la certeza de que todo puede ir a peor.

Entre tanto este gobierno ha dejado al ciudadano al albur de los tiempos y sin soluciones verdaderas.

Enfrascado en disputas entre los socios de gobierno y acosado por los socios de voto independentistas y filo terroristas, los supuestos gobernantes socialistas se pierden, día si y día también, en idas y venidas y en dimes y diretes que en nada ayudan y en mucho perjudican.

La ironía, la triste ironía, es que hoy la calle, aquello que reivindicaba Pablo Iglesias como de su propiedad, ha saltado por hartazgo, no porque lo haya llamado nadie. Son los propios trabajadores, autónomos, estudiantes los que ya no pueden más y saltan a tomar las calles sin liderazgo común, sin partido o políticos al frente, y eso dice mucho del estado de la cuestión.

La razón es evidente, hoy están en el gobierno los que antes llamaban a incendiar las calles, hoy son ellos los que provocan con su pésima gestión que la gente tome la iniciativa, hoy la revuelta es civil y no política y hoy el cansancio social es evidente y absoluto.

Llama poderosamente la atención la falta de criterio y talla política, la escasez de ideas y la pobreza de espíritu de nuestros actuales parlamentarios, de cualquiera de los partidos.

La frase más machaconamente repetida por políticos y tertulianos interesados es que vivimos en una sociedad libre y democrática.

Pero, si analizamos bien la realidad, observamos que esta democracia y libertad que padecemos no son lo que nos dicen; tenemos una democracia desprestigiada, obediente a los dictados de Europa, también desprestigiada, decadente y sorda a lo que piden los ciudadanos, pues nos sentimos servidores de organizaciones y poderes económicos cuyos intereses no son necesariamente los nuestros, más bien los del Gobierno.

Ahora resulta que cien millones de los que este país va a recibir de Europa se van para modernizar las sedes sindicales. ¿Alguien duda de la razón porque los sindicatos callan mientras la gente sale a la calle? El destino de los fondos europeos que deben ayudar a España a recuperarse del Covid se va conociendo gota a gota y no huele del todo bien

¿Hasta cuándo van a abusar de nuestra paciencia? Con esta pregunta directa iniciaba Cicerón su discurso contra Catilina, cuya discutible conspiración había consistido en destruir la república romana. Esta misma pregunta nos la hacemos muchos ciudadanos ante la ineptitud con la que los políticos, de forma transversal, están dirigiendo desde el Congreso y el Gobierno nuestras vidas, hasta llegar a configurar una caricatura de país

Me remito a aquello que acertadamente dijo el periodista americano Henry Mencken, con sorna e ironía “para todo problema humano los políticos tienen una solución clara, plausible… y absolutamente equivocada”.

Pues eso

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