A mis cincuenta y quince, evalué mal el daño

Dice Joaquín Sabina en las letras de una de sus canciones; “A mis cincuenta y diez, cincuenta y quince dicen que aparento”, en mi caso no, en mi caso es que los tengo. Un año detrás de otro, si señor, cincuenta y quince y lo que es más sigo equivocándome y mucho, gracias a Dios.

Mucho se habla sobre el daño psicológico que está pandemia esta haciendo y debo confesar que siempre he sido bastante escéptico, más bien frío ante esta explicación sobre las secuelas del encierro, la soledad, la falta de contacto y el miedo.

Estaba convencido de que la soledad y el miedo cuando se compartían eran, por alguna razón, menos soledad y menos miedo. Que el confinamiento en bloque era menos confinamiento y que la obligación de hacerlo frenaba el mal que ello nos hacía, me equivoque.

Y es que si cada cual mira en las profundidades de sí mismo encontrara que esta pandemia ha dejado a un solitario perdido entre sus pensamientos, buscando la salida o a un refugiado escondido tras cualquier mella en el alma, oculto para no molestar.

Este virus ha sembrado mucha muerte y por ello mil veces maldito sea. Pero también deja una humanidad llena de heridos que difícilmente se habrá mantenido en pie a base de vacunas, miedo y escepticismo, ah y de información, mucha información, excesiva información…Inútil información que solo ha puesto de relieve la terrible fragilidad de quienes gobiernan el mundo y las enormes, insalvables, diferencias entre ricos y pobre.

Hoy, apenas comenzando un nuevo año, brindamos porque este sea diferente. Nos acogemos a los mismos ritos y esperanzas que ya seguimos en el comienzo del 2021, obviando probablemente que nuestros errores nos condenan.

Seguimos sin vacunar a una mayoría del mundo pobre sin darnos cuenta de que es allí donde muta el virus que nos amenaza. Seguimos aplicándonos dosis sucesivas para forjar un escudo contra las variantes surgidas al calor de la mayor de las miserias. Seguimos sordos ante las señales de precaución que las instituciones sanitarias recomiendan para evitar el contagio masivo. Seguimos soportando la amenaza de los anti-vacunas parapetados tras leyes que entre todos nos dimos para garantizar nuestros derechos, los de todos, sin excepción. Seguimos soportando gobernantes inútiles, incapaces de organizar nuestra defensa sanitaria y que gestionan nuestras vidas mediante el azar de sus decisiones. Y tantas cosas más…

Mientras, la gente aguanta pandemias, restricciones, filomenas, volcanes, violencia gratuita, guerras… dejando claro que resistimos, no que vivimos, que seguimos resistiendo incluso ante la terrible evidencia de ver que al mando solo hay incompetentes e inútiles, ante esto es justificable la ansiedad y la desesperación con que vive este mundo.

La vida es un instante, es verdad, pero se puede hacer eterno dependiendo de las circunstancias que marquen ese momento, el momento de vivir. De que sea un instante o una eternidad únicamente depende de una unidad de medida; los recuerdos.

Es por eso por lo que me equivoque cuando poniendo las esperanzas en que este 2021 mejoraría el 2020, confié en que nos recuperaríamos rápido de tan mala racha y de que pronto aquel fatídico año solo sería un mal recuerdo.

Estimé mal el daño que nos haría esta pandemia y es que si bien los muertos se cuentan por el número de tumbas que se llenan, los heridos del alma, surgidos del trascenio de nuestras conciencias, esos no suman sino para sí mismos.

Los buenos recuerdos, las ilusiones, los sueños… Todo hace que este tránsito vital merezca la pena… En cambio, los malos recuerdos, las desilusiones, la ansiedad, las pesadillas nos llenan el alma de veneno. Estos dos últimos años han estado mayoritariamente llenos de estos y han hecho de la vida un lugar incómodo en el que vivir.

Ni siquiera esta Navidad ha sido tal, para alegría de comunistas y populistas de extrema izquierda. Aquellos que pensábamos en estas fechas como el punto de apoyo en el que hacer palanca de nuestra felicidad y optimismo nos hemos visto una vez más sobrepasados, ahora por una mutación del virus que con toda seguridad no será la última.

Las pandemias siempre han existido en la historia del hombre. Lo novedoso de la actual es el tremendo conocimiento del detalle de la enfermedad y su progreso que es tan accesible a la gente. La información y la desinformación viajan en milisegundos. Estamos enterados casi inmediatamente de todo, verdad y mentira, lamentablemente he de decir.

Sin embargo, la psique del hombre no viaja tan rápido. Tarda en traducir el propósito y significado a los acontecimientos que vive, y el confinamiento añadió ralentización al proceso. Nos ha detenido en seco. Así, la fantasía cinematográfica en torno a los efectos de la enfermedad ocupa la vida consciente del individuo, imprimiendo una enorme dosis de catastrofismo.

El efecto de esta pandemia impidió ir al colegio. Cerró restaurantes y cines. Destruyó vidas y economías. Los vuelos se cancelaron, las ciudades aparecían desiertas. Era tal la sensación de desastre que se imponía de un día para otro que añadió vértigo a la imaginación del género humano. Lo antes inimaginable ahora sabemos que es posible.

A mis cincuenta y quince años ya sé lo que es vivir bajo la incógnita de que el mundo puede acabarse por algo tan ínfimo como un virus. Ahora todos sabemos de qué va esto, más vale prepararnos.

Yo por mi parte, a mis cincuenta y quince no volveré a evaluar mal el daño que nos pueden hacer, ni el que nos podemos hacer.

Pues eso

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