Cortesía frente Machismo. Conjura de necios/as

Putin-Merkel

Cuenta la historia que Antonio Cánovas del Castillo, figura capital de la política española de la segunda mitad del siglo XIX y presidente del Consejo de Ministros, recibió a unas mujeres que fueron a pedirle un favor, al mismo tiempo que éstas se disculpaban por ello:
– ¡Ay, don Antonio! Debe usted de estar harto de nosotras, porque no dejamos de pedirle cosas.
El político, conocido también por su fina ironía, contestó:
– Señoras, a mí las mujeres no me molestan por lo que me piden, sino por lo que me niegan.

Hoy, Cánovas habría sido acusado de machista.

Tengo la costumbre, cuando viajo en transporte público, de ceder el asiento a las mujeres embarazadas, a las que cargan con niños y a las señoras mayores. Esto que antes era sinónimo de caballerosidad mucho me temo que hoy, en la sociedad actual, pueda ser interpretado como machismo.

Entre las muchas cosas que han ido surgiendo en la sociedad actual, no todas para bien, está una corriente de mujeres que sostiene que actos como ceder el asiento a una mujer, simplemente por el hecho de serlo es un acto con trasfondo machista, pues consideran que implica una idea de inferioridad, debilidad o desventaja respecto a los hombres—en otras palabras, que quien cede el asiento cree que una mujer es más débil que él—, y que de ahí deriva su necesidad de protegerlas o considerarlas.

Lo mismo sucede con otras costumbres como abrir la puerta del coche, ofrecer la mano al descender de un vehículo y pagar la cena. Mujeres con posturas un tanto radicales ven en todo ello una práctica de corte sexista que promueve la idea de la desigualdad de los sexos y la inferioridad o debilidad del sexo femenino.

Yo por el contrario los considero actos de educación. De esa educación que tanto se echa en falta, no solo en el transporte público sino en la vida cotidiana. El problema no es de machismo o feminismo sino simplemente de civismo. Cortesía y caballerosidad son dos palabras que tienen orígenes peculiares y antiguos, mucho más antiguos que machismo o feminismo y que entroncan con los hábitos del “bien educado” aunque eso hoy brille por su ausencia.

La existencia de casos como el acoso sexual que ha originado el ya famoso movimiento “Me Too” de Hollywood, los casos de violencia doméstica o los asesinatos de mujeres no califican por si mismos a los hombres como género, yo al menos no me veo reconocido en ello, muy al contrario. Pero sin embargo parece haberse iniciado una suerte de nueva “inquisición”, esta vez contra el varón que nos hace sospechosos habituales y cómplices de la discriminación de género.

Una inmensa soplapollez, pero así están las cosas.

Gracias a Dios, más allá del feminismo militante, hay millones de mujeres que no han sido traumatizadas ni heridas por los hombres. La mayoría tienen maridos, hermanos y padres magníficos —y no los ven como una amenaza para su posición en la sociedad o para su capacidad de progresar en el mundo.

Algunas tienen hijos y temen que estos corran el riesgo de vivir una vida sujetos a numerosos problemas artificialmente generados y potencialmente nocivos debido a su género.

Algunas incluso son militantes muy activas denunciando la sexualización de prácticamente todo en la vida. Muchas, simplemente no quieren ser asociadas con un supuesto movimiento que busca explotar un tema unificador, el poder anti-hombre, y en base a ello atacan a toda mujer que se exceda en el mantra feminista.

No creo que nadie necesite una etiqueta política o social para contribuir al éxito de las mujeres y además creo que la mayoría de las mujeres piensan así. Sin embargo, una vez más, el ruido que hacen unas pocas se convierte en banda sonora generalizadora. Pareciera que hoy, en esta sociedad, solo están a salvo de critica los del colectivo LGTB y las feministas los demás somos sospechosos de ser homófobos y machistas.

Francamente todo esto me parece ridículo. En lo personal seguiré cediendo el asiento a una mujer en el transporte público y espero que nadie piense que soy un machista no redimido, sobre todo porque no está lejano el día en que una mujer sea la que se pare y, respetuosamente ante mis cada día más numerosas canas, me diga: “Siéntese, señor”. Y no, yo entonces no pensaré que ella sea una feminista irredenta.

Pues eso