De cómo Cifuentes se suicidó con sus errores de comunicación

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Decía Ernest Hemingway que se “necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. La elocuencia en política es una habilidad apreciada y codiciada, un don que muy pocos ejecutan con brillantez. Pero si la oratoria es un don muy apreciado en política no lo es menos, quizás más, el uso de los tiempos y los silencios, tanto como la modestia.

Hoy, la presidenta Cifuentes ya sabe lo que supone el exceso de discurso, la falta de control de los tiempos y la importancia de la moderación en el argumento.

Soy de los que piensan que España tiene delante demasiados desafíos como para entretenerse en cosas como el “manido” master o la disputa de las reinas, pero no cabe duda que para una parte importante de la ciudadanía esto resulta importante y motivo de comentario, incluso provoca la tendencia de voto y por eso mismo las crisis. cuando se tienen, han de ser manejadas por expertos y no por aficionados y eso, me temo, que una vez más es lo que le ha ocurrido al PP, sigue siendo la comunicación y la estrategia una asignatura pendiente. Alguno debería hacer una master de comunicación, pero de los de verdad.

Toda la secuencia de la gestión de la crisis del master de marras de Cifuentes ha estado equivocada. Ha provocado que lo que era un ataque táctico y dirigido de un medio se haya convertido en un despliegue periodístico masivo y descontrolado y eso la ha matado.

Viendo de donde partía el ataque, ya se podía estimar la atención de quién querían captar y las consecuencias que había que controlar. Pero la arrogancia y el contraataque descabezado nunca ha sido respuesta para batallas tan complicadas, merecedoras de microcirugía comunicacional y un control exacto de bajas y efectos secundarios.

Por el contrario Cifuentes se equivocó al lanzar sus videos en tuits, se equivocó en asegurar aquello que precisaba de verificación y continencia y se equivoco con su tono de prepotencia, su gabinete de crisis, si lo tiene, se equivocó de cabo a rabo.

La mesura en la utilización de la palabra en política, tanto para defenderse como para atacar, es una lección que en se aprende generalmente de forma amarga a base de gruesos titulares, ataques masivos de la oposición y defenestraciones políticas de por vida.

El silencio y la moderación argumental en política es más que callar. Demostrar un manejo adecuado de los tiempos y el relato más que el impulso inconsciente y visceral es la demostración mas clara de quien sabe a donde se dirige y de quien sabe manejar su liderazgo.

El silencio en política es tan expresivo que se vuelve una lección para los imprudentes y un castigo para cándidos.

Cifuentes en vez de cazar a la espera se adentró como loca en la selva mediática buscando una pieza a la que asestarle algún tiro, incluso ofreció una demanda a los periodistas mientras aseguraba que había aprobado su master incluso con notables. Mientras lo hacía, los velociraptores digitales de izquierda que la seguían de cerca mantuvieron su ritmo constante con titulares secuenciados y diarios hasta su agotamiento, y este llegó.

El silencio medido y la moderación han de ser herramientas inteligentes y prudentes, y han de permitir bajar el volumen al ruido de circo en que convierten la vida política algunos plumillas y habladores. Pero, sobre todo, lo que el silencio no puede ser es un silencio de ocultación, vacío, artificioso, cómplice, burlón y eso, me temo que fue el camino que Cifuentes decidió seguir con sus tres días de desaparición. Silencio sí, pero inteligente y en tiempos.

El tipo de silencio que utilizó Cifuentes es el tipo de silencio que usan aquellos que callan y que tienen mucho que ¨silenciar¨. Este tipo de silencio justifica a los buscadores de casquería para hablar, escribir y a golpe de teclado en 140 caracteres propiciar climas desfavorables en momentos como el de Cifuentes. Es por esto que la moderación en el argumento y el control del tiempo en los silencios prudentes debe reinar.

Los momentos de agitación y ataque como el sufrido por Cifuentes ponen en evidencia la sabiduría y el talento de aquellos líderes políticos que saben manejar la percepción y se hacen fuertes en el poder constructor y conciliador del relato y en las palabras que lo construyen.

Cifuentes con el paso de los días y con su estrategia, si ésta existía, solo ha generado una mayor desconfianza en la atmosfera política madrileña y muchas dudas y cuestionamientos entre los propios votantes y los ajenos. Su injustificada desaparición y silencio de tres días, por más que ella lo justificara por haber sufrido una gripe, la terminó por poner en cuestión y dio terreno abonado para que el campo se embarrara y en eso, en el campo embarrado, la presidenta madrileña ha demostrado no saber jugar en semejante terreno de juego.

Comunicar, siempre comunicar y defender argumentos es probablemente la función primordial de un político. Se dice que la política es comunicación y que aquello que no se comunica no existe y eso, me temo, es lo que Cifuentes ha dado a entender en este epitafio político, que algo no existe.

Pues eso.