Morir por viejo

Aunque me parece obsceno hablar de números cuando se trata de la muerte y a falta de realizar test generalizados, el número de víctimas mortales que el Covid19 ha dejado hasta hoy en las residencias de personas mayores es devastador y supera ya los 11.300,más de la mitad del total de fallecidos notificados por Sanidad.

Ante esto es difícil, si no imposible, hacer relato objetivo y sin pasión de la muerte en las residencias. Y es que está muriendo la mejor de las generaciones de este país, esa que sin estudios sacó adelante y educó a sus hijos y que cuando llegó la crisis volvió a ayudarlos aún a costa de su pensión y bienestar. 

Se están muriendo los que más sufrieron, los que trabajando sin descanso, contra viento y marea, sacaron a este país de la posguerra y lo abrieron a la democracia, los que han cotizado a la Seguridad Social más que nadie y más que nadie merecían disfrutar de su descanso.

Se mueren los que pasaron más necesidad, los que levantaron al país, los que ahora tan solo querían disfrutar de los nietos. Se mueren solos y asustados. Apurando el último aliento sin la ayuda de un respirador.

Se van sin molestar, los que menos molestan. Se van sin un adiós los que menos merecen irse. Se van como vivieron sin una queja, sin un insulto, sin un reproche. 

Y es que jamás en la vida se había muerto tan solo en este país.

Jamás este mundo había quedado tan expuesto al escuchar a las autoridades de algunos países, incluido España, decir que se iban a aplicar protocolos de preferencia de ingreso en las Unidades de Cuidados Intensivos y en las que los mayores de 80 años graves debían ser excluidos y ser atendidos en otros lugares con cuidados paliativos.

No hace tanto, apenas unas décadas, nuestros viejos, como se les llamaba entonces, eran considerados como reserva cultural, social, educativa y moral de la sociedad, en definitiva, nadie dudaba de que en ellos residía la sabiduría, la experiencia y hasta la verdad. Hoy no pasan de ser una estadística incomoda para el gobierno, un número mal contado que avergüenza.

Las cifras de muertes en residencias repetidas una y otra vez, la ausencia de velatorios  las morgues improvisadas les asustan y les hacen creer que, en su soledad, jamás volverán a ver a nadie más, ni a sus hijos, ni a sus nietos.

Son los más débiles, los más vulnerables, los más indefensos. Y al menos en España, este virus cabrón se está cebando especialmente con ellos. Pero ellos son los que forjaron esta España democrática que pisamos hoy sus generaciones posteriores. 

Para colmo de este desastre, algunos han resistido al virus en condiciones absolutamente aterradoras, como esos ancianos cuyos cadáveres completamente abandonados, yaciendo desatendidos en las camas de varios centros de mayores, fueron encontrados por miembros de la UME cuando acudieron a desinfectar esas instalaciones.

No hay derecho, este país tenía, tiene y tendrá una enorme deuda con nuestros mayores y el pago que se les está dando, en medio de esta tragedia, no hace honor a lo mucho que nos dieron, ya nunca lo hará.

Se nos mueren los ancianos y parece que somos insensibles ante el hecho. 

Ya de por sí se veía como ellos mismos iban notando que les fallaban las fuerzas, cómo lo que ayer hacían ya no les era posible lograrlo, pero en muchos casos conservaban sus facultades mentales y hacía de su avanzada edad un transito aún más difícil al darse cuenta de su decadencia. Pero ahora además se mueren del virus cabrón y apenas se le da importancia al asunto: Otro muerto, ah, pero era un viejo de 90 años, descanse en paz, pero ya ha vivido demasiado.

Ellos callan, y en su silencio atronador aceptan y asienten. Como si del final de un drama se tratara no pondrían una mala cara, un mal gesto en esto de morir, para que los jóvenes vivan si de ellos dependiera. Pero eso no lo sabremos nunca porque hoy mueren solos por capricho de un virus microscópico y de un gobierno incompetente.

Da dimensión de la tragedia saber que en un mes sin coronavirus, en las residencias de mayores de Madrid mueren en torno al millar de personas. En el último mes de marzo, sin embargo, el número de ancianos fallecidos en los geriátricos madrileños ascendió a 3.055 personas (3.383 hasta el 2 de abril). Más del triple.

Pero la devastadora realidad es que  las muertes de nuestros mayores en las residencias por el brote de coronavirus es una tragedia de proporciones apocalípticas, que emerge diariamente de las primeras paginas de los periódicos y de los noticiarios como si de una bofetada se tratara.

Muchos trabajadores de estas residencias han abandonado sus puestos por miedo a contagiarse, otros no, pero mientras los hospitales rechazan solicitudes de ambulancia, los ancianos mueren solos en sus camas porque los familiares no pueden entrar a visitarlos debido a las cuarentenas.

Conforme pasa el tiempo y va aumentando el balance de muertos, queda claro que autoridades y responsables de los centros reaccionaron tarde y desastrosamente mal. En medio de la respuesta a la amenaza, las autoridades estatales y regionales se olvidaron de los centros donde viven las personas más vulnerables al virus. 

Cuando el mal ya cabalgaba por nuestro país y se propagaban los casos, el gobierno ya conocía el desastre que el coronavirus causaba en las residencias de Italia, pero aún así no les dotaron de recursos personales ni materiales para contener la epidemia.

Nuestros mayores callan, y en su silencio aceptan y asienten. Estoy completamente seguro de que no pondrían mala cara, un mal gesto, en esto de morir para que los jóvenes vivieran si de ellos dependiera.

Parafraseando a Quevedo “Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hemos llegado.” Y en estos tiempos lo entendería.

Vaya para los mayores mi recuerdo, mi cariño y mi homenaje.

Pues eso

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