Los relojes y el tiempo

En el último estertor de la ocupación soviética de Afganistán los rusos llegaron a la convicción de que los combatientes contra los que luchaban en el frente eran los mismos que cultivaban sus tierras o cuidaban del ganado, no había ejército era el mismo pueblo el que empuñaba tanto las armas como la azada.

Con esa convicción atacaron con una crueldad inusitada pueblos y villas y mataron a miles de civiles, padres y madres de los más de 200.000 huérfanos que originaron con semejante estrategia.

Los islamistas acudieron raudos a recoger a estos niños huérfanos y llevarlos a las madrasas (escuelas islámicas) que construyeron por decenas en Pakistán y allí fueron educados en la ley islámica, la yihad, el odio por occidente y la formación militar. Aquellos 200.000 niños hoy han tomado el poder en Afganistán.

Los talibanes nunca renunciaron a su yihad, solo tenían que esperar. Según ellos dicen, “vosotros tenéis los relojes, pero nosotros el tiempo”. Y el fin del tiempo lo situó Trump en Doha cuando firmo la fecha de retirada.

Según leo, y según he visto en internet, desde la colina de Teppe Maranjan se contemplaba el espectáculo más impresionante de Kabul: cientos de cometas inundando el cielo.

Cometas de todos los tamaños y colores que surfeaban sobre el templo y mausoleo de los reyes de Afganistán. El último, Mohamed Zahir Shah, reinó de 1933 –año en que su padre fue asesinado– hasta 1973, cinco años antes de la invasión soviética y de que Afganistán se hundiera en una guerra que todavía dura.

Todo empezó con un dolor de espalda. El rey se fue a Italia a tratarse una lumbalgia, y su primo y cuñado lo aprovechó para dar un golpe y declarar la República. A continuación, vino la invasión soviética, los señores de la guerra, la retirada rusa, los talibanes, los estadounidenses y otra retirada.

Con la llegada de los talibanes hoy ya sabemos que las cometas no podrán seguir volando en Maranjan, es una de las muchas libertades que los talibanes y su sharía cortaran de raíz.

Es muy preocupante, pero hay que aceptarlo, la repentina entrada de los talibanes en Kabul ha puesto de manifiesto el fracaso militar, político e ideológico de los Estados Unidos y sus aliados tras veinte años de fallida ocupación de Afganistán.

Lo intentó el poderoso Imperio Británico en el siglo XIX, cuando era la superpotencia del mundo, pero en 1919 tuvo que abandonar Afganistán y otorgarles la independencia. 

Luego lo hizo la Unión Soviética, que en 1979 invadió el país con la intención de mantener en el poder al comunismo (establecido en el golpe de estado); tardaron 10 años en darse cuenta de que no ganarían esa guerra. 

Hoy a 20 años de la invasión liderada por Estados Unidos en 2001, y una guerra que ha causado cientos de miles de víctimas fatales, Joe Biden ha decidido retirar de forma vergonzosa las tropas de su país de Afganistán.

Como ocurriera a los británicos y soviéticos, no hay duda de que con este movimiento pesimamente pergeñado, EE. UU. ha perdido una parte importante de la confianza mundial. La precipitación en su salida de Afganistán y sobre todo la pésima organización de la evacuación, haciendo salir antes a los militares y después al personal civil, ha resultado ser no solo el mayor fiasco de la historia estadounidense reciente, sino una enorme erosión del liderazgo de EE. UU. en el mundo.

Soy un admirador de los EE. UU., pero reconozco que sus gobernantes han sido siempre capaces de promover los mayores logros a la vez que las mayores meteduras de pata, y esta de los talibanes es una de esas. Biden ha metido la pata pero de forma muy devastadora y con graves consecuencias en el futuro del mundo occidental.

Afganistán ha sido el cementerio de los ejércitos más poderosos de los últimos siglos, que han tratado de controlarlo -con un aparente éxito al inicio de sus respectivas invasiones-, pero luego han tenido que huir del país.

Pero esta vez tras la retirada de tropas estadounidense y el consecuente triunfo talibán, el mundo se enfrenta a una enorme crisis humanitaria con miles de refugiados que tendrán que buscar un nuevo hogar, pero también a la reconstrucción de un estado islámico basado en el narcotráfico, la sharía y la yihad.

Además, ahora mientras los talibanes persiguen a quienes colaboraron con Occidente y se preparan para reprimir las libertades básicas, el mundo teme que ese país se convierta en refugio para los terroristas, con consecuencias nefastas para el propio Occidente.

Los talibanes siguen manteniendo fuertes vínculos con Al Qaeda y se han apoderado de armamento de última generación estadounidense. Además las imágenes de los telediarios de las TV internacionales han mostrado cómo el nuevo gobierno islámico han estado liberando a los yihadistas encarcelados y sus miembros ya se desplazan libremente por el país.

Los talibanes pueden utilizar su victoria contra el gobierno afgano y Occidente como un increíble argumento multiplicador de fuerzas en términos de reclutamiento y radicalización de aspirantes a yihadistas en todo el mundo.

Todo queda pendiente, pero occidente tiene ahora una espada de Damocles que pende de un hilo sobre las cabezas de todos. Por su parte con su sorprendente salida de Afganistan, EE. UU. ha dejado el camino expedito a China y Rusia en la lucha por el nuevo liderazgo mundial.

En resumen, si alguien no ha dado importancia a lo sucedido o lo ve demasiado lejos para preocuparse, se equivoca. El futuro del mundo pinta en bastos.

Por cierto, a día de hoy, Sánchez sigue con su vergonzoso silencio sobre el tema, uno mas.

Pues eso

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