¡Bien hecho majestad!

Por fin, un acto de generosidad con la herencia hispana. Por fin, alguien, el Rey, reafirma nuestro orgullo como españoles ante la afrenta de un político latinoamericano carcomido por el bolivarismo reinante y recién llegado a Colombia.

Nuestro Rey, el Rey de España, tuvo que soportar en Bogotá el pasado domingo una nueva serie de gestos totalmente inaceptables y de una grosería absoluta por parte de sus anfitriones colombianos.

Resulta notable el que cada vez que acude con respeto a la posesión de un presidente afín a algunos miembros de nuestro gobierno social/comunista, tenga que soportar ofensas a nuestro país.

Y es que quien pretende ofender al Rey, ofende a España.

En el traspaso del pasado domingo 7 de agosto entre Iván Duque y Gustavo Petro se generó una polémica porque el nuevo presidente, con un gesto de perfecto populista chavista, quiso acceder a su posesión junto a la espada de Simón Bolívar que se guarda en la Casa de Nariño, el palacio presidencial colombiano.

Como es lógico, el presidente saliente no dio el permiso para mover de su sitio la espada que es una pieza histórica de enorme valor simbólico y no se puede utilizar al antojo de nadie.

Ni siquiera del presidente. Así las cosas, la primera orden presidencial de Petro, dada sobre la marcha en el mismo acto de toma de posesión, fue que se trajese la espada a su presencia para pronunciar el discurso ante ella. Es decir, igual que lo hiciera Hugo Chávez, que estaba a todas horas con la espada de Bolívar.

La espada que guarda la Presidencia colombiana tiene un valor especial para Petro porque fue robada en 1974 por el M-19, el grupo guerrillero y terrorista colombiano al que perteneció el propio Petro. Y que después estuvo en diversos lugares hasta que Fidel Castro se la entregó al jefe del M-19, Antonio Navarro Wolf, quien se la devolvió al entonces presidente de la República, César Gaviria.

Huelga decir que hay un evidente simbolismo antiespañol en la invocación de la espada de Bolívar y así lo ha interpretado buena parte de la opinión pública colombiana.

En el entorno de Petro, la inquina hacia el Rey de España se hizo evidente en las redes. La imagen de Don Felipe (casi 2 metros de alto) agachándose desde el estrado en el que estaba para dar la mano al presidente Petro (apenas 1,67) fue interpretada como una forma de humillación al Rey.

Humillación celebrada por la izquierda retorcida colombiana. Por ejemplo, por el periodista Nacho Gómez, representante de la izquierda mediática colombiana que publicó las imágenes del saludo con el comentario «El ‘Rey’ de España aprende a “incarse” frente a la democracia. Esperamos 500 años». (falta de ortografía incluida)

Polémica que se ha prologado con el video en el que se ve cómo el Rey, a diferencia de los presidentes bolivarianos que asistieron, no se levantó al paso de la espada.

Ni que decir tiene que la espada no es un símbolo institucional nacional de Colombia. Y que en este caso, se empleó como forma de enfrentamiento político entre el presidente Petro y el expresidente Duque. Así que, el acierto del Rey al no meterse en política doméstica colombiana fue absoluto.

Como no, los impresentables de Podemos y ERC saltaron a degüello contra el Rey. Como no hacerlo, si su majestad respondía, como Dios y su cargo mandan, a quienes se muestran como enemigos de la hispanidad y socios bolivarianos de la más rancia izquierda ibérica, perdón extrema y corrupta izquierda de este nuestra piel de toro.

Salta Monedero, salta Rufián, salta Echenique… Todos guardias de asalto de la pútrida izquierda independentista, amiga del caos social y mentores del chavismo más execrable.

Mientras, su majestad Felipe VI, cumple de sobra con el papel asignado: sufrir las afrentas y responder adecuadamente. Con perdón, jamás un culo pegado a la silla dijo tanto del orgullo de ser español como lo hizo el del Rey en Bogotá ante Petro y su mariachi bolivariano.

Para mi hay un antes y un después de ese gesto del Rey. Tiene que ver con nuestro orgullo de pertenencia, a una historia, a un pasado. Tiene que ver con un legado, el simple hecho de haber marcado la historia y de haber sido el detonante de los hechos que se sucedieron tras 1942.

España no tiene de que acomplejarse por su pasado, muy al contrario. Fueran las que fueran las circunstancias, el revisionismo salvaje no puede poner en tela de juicio el hecho trascendental de la presencia hispana en el mundo. La historia así lo reconoce, a pesar de tanto mojigato e inculto que aprovecha a abrir la boca sin saber y por odio, por mor de las redes sociales.

¡Bien hecho majestad!. Ha logrado usted que hinche el pecho y me reafirme en mi hispanidad incuestionable. Ha hecho usted, con su sencillo gesto, que me considere, una vez más, magníficamente representado ante tanto amigo de los autócratas latinoamericanos y que exprese gracias a usted mi profunda repugnancia con tanto “espadachín” dictador en un continente tan hermoso y admirado.

Mueran pues, con su gesto, los complejos por ser español y surjan de nuestras almas los sentimientos de merecido orgullo de pertenecer a un país cuya historia dejo huella indeleble en el mundo.

¿Lo demás…? Lo demás no son sino fuegos artificiales de una extrema izquierda condenada a morir a los pies del voto.

Pues eso

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